JUAN BELMONTE

 

EL TOREO ANTES Y DESPUÉS DE JUAN BELMONTE Y GARCÍA

 

     El toreo se ejecutaba sobre el movimiento de las piernas con más o menos arte según el torero que lo practicaba siendo casi todos unos atletas. Nada de eso tuvo Juan ya que tenía los pies planos. Su toreo se fundaba en el movimiento de los brazos. Al principio tuvo muchos fracasos pero el 12 de julio de 1912 es el día de la revelación de Juan Belmonte ante el público de Sevilla destapándose como una figura genial. A partir de entonces le apodaron con el sobrenombre de “El Pasmo de Triana”. Su toreo trajo novedades hasta entonces nunca vistas, como el temple, el mando, el toreo de manos bajas, en definitiva, el toreo que hoy se practica. Si a todo ello se añade que pisaba unos terrenos que para los demás estaban vedados llegamos a la conclusión que tenía que explotar como lo que fue, un “monstruo” del toreo.

     En este torero nada se produce por casualidad. En sus tiempos de maletilla había una punta de reses bravas en Tablada donde las noches de luna iba a torear. Como aquellas reses tenían muy poca casta, es decir, mansurrones, Juan tenía que ponerle los engaños prácticamente en el hocico, pues de no haberlo hecho así se habrían ido huyendo y de nada hubiera servido el trabajo y así es como nace el temple y el mando. Después de esto habría que decir: Benditas sean aquellas maravillosas noches de luna llena. Recuero haber leído que su afición era tal, y tan desmedida, que tenía en una orilla del Guadalquivir los artes del toreo y ropa vieja y que en la otra orilla que era donde vivía tenía un escondite para guardar la ropa limpia porque de noche cuando iba a los cerrados se quedaba desnudo para cruzar el Guadalquivir a nado y una vez cruzado se ponía su ropa vieja y al toro. Así nace el temple y el mando todo ello no exento de arte. A todo esto hay que añadir que tenía un valor fuera de lo común, hondura, empaque, personalidad y técnica, amén de ser un gran estoqueador. El resultado no podría ser otro que el de un torero genial, no se equivocaron cuando le apodaron “El Pasmo de Triana”. Por todo ello las masas se enardecían y acababan rendidas a su genial dominio.

     Si como torero fue integro, en su vida privada no se quedaba a la zaga, humano donde los haya, en obras benéficas estuvo a la cabeza aunque nunca le gustaba airearlas.

     Rompió con el estilo que se usaba en el vestir, el traje corto, el sombrero de ala ancha, los botines, la faja, todo lo cambió por el traje, la corbata y los zapatos, en definitiva lo que demandaba la sociedad de su tiempo, pues, no en balde tuvo donde aprender ya que sus amigos eran de lo más selecto de la cultura de entonces como Ramón María del Valle Inclán, Ortega y Gasset y un largo etc. Fue un enamorado de la literatura y la filosofía y casi nunca se dormía sin un libro en la mesita.

     Juan Belmonte y Joselito, nombres que sirven de rótulo a la página más gloriosa y más nutrida de sustancia taurina y de entusiasmo que ha podido escribir la musa de la historia al ocuparse de la fiesta.
 

     Nació Belmonte en Sevilla el 14 de abril de 1892. Mientras fue novillero en 1913, le cogían tanto los toros que en tal año apenas si pudo torear una tercera parte de las funciones que tuvo contratadas. Pero el tiempo y la práctica hicieron de él y su arte una obra dócil y serena, cuya hondura producía encendido arrebato, sobre todo en la segunda época, o sea, a partir de 1925.

     El 16 de octubre de 1913 la dio la alternativa “Machaquito” en Madrid al cederle el toro “Larguito” de la ganadería de Olea en una corrida en la que fue Rafael “El Gallo” segundo espada.

     Belmonte fue un torero corto desde que apareció hasta que se ausentó de los ruedos aunque no puede decirse que lo fuera con los efectos logrados con las pocas suertes que practicaba, y esto, indudablemente hacía aumentar el valor, su técnica y su manera de aplicarla.

     La verónica, el pase natural y el pase de pecho, la media verónica, el farol, el pase de molinete con la mano derecha (creación suya) constituyeron su bagaje artístico. No era mucho pero acomodaba magistralmente el juego de los brazos a las embestidas de las reses, templaba con los engaños de un modo maravilloso que a la belleza y la expresión de la forma iba unido el quebranto de sus enemigos, aparte que pisaba un terreno vedado hasta entonces en la lidia, razón por la que prestaba un patetismo que rendía a las multitudes
 

     Después de 1921 toreó con largas soluciones de continuidad y la última vez que vistió el traje de luces fue el 29 de septiembre de 1935 en Sevilla alternando con “El Niño de la Palma” y Manolo Bienvenida en la lidia de seis toros de Pallares. El año que más toreó fue en 1919 que sumó 109 corridas.

     Durante la guerra de 1936 a 1939 y después de ella toreó en repetidas ocasiones como rejoneador. Sus percances más graves fueron estos: El 16-07-1916 en la Línea; el 26-02-1920 en la tienta de la ganadería de D. Argimiro Pérez Tabernero; el 18-04-1921 en Sevilla; el 26-08-1926 en un festival celebrado en Zumaya (Guipúzcoa); y el 30-10-1927 en Barcelona.

     Dejó de existir el 8 de abril de 1962 en su finca de Gómez Cárdena (Sevilla), en una crisis de laxitud nerviosa y moral, la vida le pareció insoportable  como un tormento bárbaro y oscuro, sin otro sentido que el dolor, sin más objeto que la muerte y se arrojó en brazos de esta.

     Si un genio siempre es digno de respeto y admiración este es Juan Belmonte y García, por eso Joselito “El Gallo” no podía tener otro rival que no fuera él.

MIGUEL FERNANDEZ LAPAZ