EL TOQUE EN EL TOREO
EDICIÓN NÚM 3

 

ROGELIO BURNAO

(Cronista Taurino)

 

            La moderna concepción del toreo exige el toque. Tocar es llamar levemente la atención, lo suficiente para dejar constancia de que uno está allí y modificar comportamiento. El que está allí es el torero, al que se llama la atención para que rectifique su línea de conducta, el toro. Y, entre los dos, el toque.

            Antes, antaño maricastaño, ni siquiera se barruntaba la existencia del toque. El toreo era rudo, brusco, de piernas de hierro y golpes de engaño. Toreo para paladares fuertes, toros resabiados y toreros que escupían por el colmillo. Se le ocurre a uno de aquellos arriscados matadores dar un toque y se lo comen vivo, los toros y los aficionados. Mariconadas, no. El capote o la muleta eran instrumentos de recurso y de castigo, mecanismos de defensa para despegarse y pegar, todavía ajenos a la sutileza del toque.

            En realidad el toque es hijo legítimo -o natural, da lo mismo- del cite. Y, a su vez, el cite es consecuencia de la quietud. Para citar hay que estar parado. Parado el toro y parado el torero. Se propone al toro asistir a una convocatoria prefijada por el torero en distancia y lugar. El toro acude con rapidez o tardanza -es pronto o tardea- e, incluso puede no acudir, con lo que la cita es inconclusa y el toreo sufre un plantón. Fruto de tan desairada situación nace el parón o empeño prohijado por la contumacia del plantado. Fuerza la cita. Insiste con encomiable perseverancia. El citado remolonea, presenta excusas, ofrece argumentos para evitar el encuentro, trata de desviar el trayecto, pero el citador no se resigna y hecha mano de un artilugio infalible: el toque. Imperceptible, casi etéreo, el toque cumple la función de la caricia o zalema que suaviza aptitudes ariscas o renuentes. El toro, rendido al toque acaba reuniéndose con el torero.

Hay quien repudia el toque por considerarlo solución banal ante el escarnio del plantón. Lo cierto es que el toque, movimiento sutil del engaño en situaciones embarazosas, entraña un grave riesgo y requiere frialdad de cabeza y templanza de corazón. Es propio de toreros machos. Los toros de hoy, la mayoría, son informales e inconsecuentes. Como las chicas frívolas casquivanas o timoratas, se les cita y prometen pero no cumplen. Es necesario emplear toda suerte de recursos de la ciencia y el arte del convencimiento. Hay que dominar el toque. Tocar sin agraviar, llamar la atención con delicadeza, porque tampoco conviene el abuso o acoso so pena de llevarte un varapalo de impredecibles consecuencias. Hay toreros poco duchos en la cosa del toque, olvidadizos o imperitos, que necesitan un consueta que les recuerde constantemente la conveniencia de ponerlo en escena.

            “¡Toque, toque...!”,se oye salir por la tronera de los burladeros o la angostura del callejón. Es la voz del banderillero o del apoderado que siempre lo ven muy claro porque están muy lejos y la distancia infunde un valor extraordinario. Entonces el torero da un golpecito de muleta, de arriba a abajo, sobre el hocico o los pitones del animal y encauza el viaje de la interminable embestida. “¡éeeeeso es...!”, se vuelve a oír la voz del apuntador, engolado y satisfecho.

            Tan popular e imprescindible se ha hecho el toque que ha adquirido un significado más allá del ruedo y la lidia, si bien no ha perdido su esencia genuinamente taurina. Usase para definir el acto o acción de todo aquel que atraviesa por una situación de moderada y puntual indigencia y solicita de sus más o menos allegados un préstamo tangible de urgencia. Es el apremio del que está “sin tabaco”, bien entendido que de modo fortuito circunstancial. El “sinta” es un elemento temible por su oportunismo, por saber elegir el momento idóneo y la victima del sablazo. No suele fallar. Espera el momento preciso, hace así con el engaño de la palabra justa y mete en la canasta al más pintado. Le acaba de dar un toque. A los “tocados” no les queda tiempo para reaccionar. Y tragan. Cómo los toros sosos.