LA CRISIS DE LA FIESTA DE LOS TOROS
EDICIÓN NÚM 3

 

Desde hace varios años se dice, se lee, se escribe y se comenta que la fiesta de los toros está inmersa en una crisis que cada vez es más profunda. El público acude en menor número a las plazas y eso si que es una realidad incuestionable.

Es cierto que siempre y de forma permanente se habla de crisis de la fiesta, pero ¿hay alguna manera de medir y ver su profundidad, si es que existe?, Evidentemente tenemos que dejarnos llevar por signos indirectos y uno de ellos es ver el público que arrastra.

Son malos tiempos para el espectáculo taurino, son muchos los detractores que se hacen oír, son menos los aficionados, son cada vez más los que acuden a los festejos buscando la charanga y como un obligado más de las fiestas locales.

Paradójicamente en Francia, país adalid del europeísmo, se da el fenómeno contrario, las plazas se llenan y poco a poco se afianza más la fiesta, todo gracias a una seriedad que en nuestro país se diluye temporada tras temporada.

  La cabaña brava española, salvo honrosas excepciones, cada vez es menos brava y encastada, más endeble y demasiado similar en su comportamiento. Se sacrifica todo en pos de un toro que colabore para el triunfo del torero con la mínima exposición y el menor riesgo posible con lo cual se pierde la emoción que es un sentimiento imprescindible en las corridas de toros, que se transmite y engancha. Sin emoción no estamos ante un espectáculo “único”. Todo está pasando porque entre otras cosas, los empresarios se han metido a ganaderos y apoderados para que el negocio sea absolutamente redondo. La pérdida de los papeles y los roles son una triste realidad.

Los toreros, entiéndase los de tirón, ponen múltiples condiciones porque todo el dinero es poco, aunque para ello su temporada tenga que ser excesivamente larga. Se mide el escalafón por el número de corridas y trofeos conseguidos, dejando de un lado los encastes y ganaderías a las que se enfrentan o ¿es que todas las orejas son iguales?. Es una triste realidad el que tengamos primeras figuras que todavía no se han puesto delante de encastes verdaderamente bravos.

¿Salen a las plazas los toros íntegros o manipulados? Alguien tendría que velar por la verdad de la fiesta pero de una manera efectiva.

Si miramos a Francia como espejo donde al parecer se están haciendo las cosas razonablemente, comprobamos como los carteles se confeccionan a base de ganaderías bravas y con prestigio ganado sólo dentro de los ruedos, que si fracasan no repiten al año siguiente y por espadas solicitados por la afición, no al capricho del empresario. Los resultados artísticos lógicamente son buenos.

Pero también tenemos elementos para el optimismo como la atención que prestan la mayoría de los medios de comunicación a la fiesta, el aumento de escuelas taurinas y la proliferación de tertulias y peñas taurinas. No obstante es necesario bajar los precios y para eso “todos” los actores que conforman la fiesta deberían sacrificar beneficios. Es preciso dar oportunidad a los toreros, jóvenes u no tan jóvenes, que vienen y aportan ganas.

Posiblemente sea conveniente reducir el número de festejos.

Si buscamos permanentemente el toro bravo y encastado, la pureza y la verdad del toreo y un nivel de negocio razonable, hablar de crisis sería circunstancial y transitorio.

¡Quizás sea pedir demasiado!

 

JUAN TOMAS GILABERT