UN AÑO MÁS VOY A LOS TOROS
EDICIÓN NÚMERO IV

 

        Existen pocos divertimentos en los que se depositen más esperanzas de pasar una buena tarde como es el acudir a una corrida de toros. En ocasiones , quizás demasiadas, la salida de este espectáculo lleva consigo la decepción más profunda, pero ¿qué tendrá este espectáculo genuino y único en el mundo para que se olvide tan rápidamente lo malo y se recuerde sólo lo bueno?.

Es frecuente salir de un festejo y pensar: este año me siento engañado, prometo que ya no me engañan más pero no es así, al siguiente voy con las mismas ilusiones. Por algo estamos ante una fiesta tan diferente a todo.

     La diversidad de espectadores en un coso taurino es amplia : los aficionados entendidos , los aficionados, los exigentes, los puristas, los toristas, los toreristas, entusiastas de lo exótico, los que van a todo, curiosos, las que pasan una tarde de sufrimiento, los que pasaban por allí, los figurones, los folloneros, los detractores que también van a las corridas, los “fantasmas” y así una larga lista.

 Todos opinan, cada uno lo ve de su manera e incluso otros se constituyen en el tribunal supremo, capaces de juzgarlo todo y hasta se lo creen (léase Madrid) pero así son felices. Es otra manera de ir a los toros.

  Por opinar hasta se admiten a políticos de alguna comunidad autónoma, detractores de la fiesta que con sus opiniones y declaraciones consiguen el efecto contrario al aglutinar más a la afición taurina. Lo tienen fácil, sólo tienen que prohibirla por decreto ley.

Saben que no se puede ir contra una fiesta de tanto calado en la sociedad, no obstante deben tener gestos que al final no son más que eso, una mera declaración de intenciones demagógicas.

    Todos son bien recibidos, todos contribuyen al colorido sin par de esta tradición española y todos contribuyen a que algunos de los “listos” sigan llevándoselo “crudo” a base  de ceder a los intereses comerciales por encima de cualquiera otra cosa.

    Me pregunto el por que si pago la entrada más cara no puedo ver al toro de más categoría y me tengo que tragar los remiendos, posiblemente porque la plaza se llena igual y los riesgos son menores para todos los de abajo.

 Pero cuidado, las cosas no son como son indefinidamente y es necesario saber administrar con sabiduría los tiempos de crisis de nuestra fiesta por que algún día el golpe puede ser tan grande que sea irrecuperable. El espectador no puede ser estafado continuamente, al contrario hay que mimarlo para que mantenga su afición y la trasmita a sus descendientes, es preciso asegurar por el bien de todos la permanencia de la fiesta taurina. No vale decir o pensar que esto ha sido siempre así pues los tiempos son muy distintos y las cosas y las tradiciones cambian demasiado deprisa.

     Me dirijo una vez más y a través de esta revista a quien corresponda (toreros, ganaderos y empresarios): sacrifiquen beneficios y contribuyan a que el aficionado se sienta mimado y favorecido. De ningún modo se van a poder mantener durante mucho tiempo unos precios tan altos con espectáculos tan pobres.

 

JUAN TOMÁS GILABERT