PACO CAMINO
EDICIÓN NÚMERO V



(FRANCISCO CAMINO SÁNCHEZ)


 
Si tenemos los mejores mimbres y el mejor canastero/a, lo normal es que salga un gran canasto. Del mismo modo que si un hombre es simpático, inteligente y bien parecido, lo normal es que tenga éxito con las mujeres.
 
El cuerpo de un torero debe tener unas medidas que le hagan agraciado en los andares, la altura ideal está en 1,75 cm aproximadamente, además debe tener un cuerpo flexible que le permita mover la cintura suavemente, sin brusquedades.

El andar en los toreros es otro de los detalles a tener en cuenta, de los que tienen los andares desgarbados, a parte de no tener gracia, no he conocido a ninguno que tenga arte.
 
Los que poseen todos los detalles antes mencionados se mueven con gracia y esto le da elegancia y el espectador lo agradece.
 
Pues bien, Paco Camino reunía estas virtudes, verlo hacer el paseíllo ya era un gozo, si a esto se unía que tenía un finísimo estilo, que conocía el comportamiento de los encastes y que su arte era exquisito, el resultado es que estábamos ante un torero genial. Verlo citar ya era un presagio de que podía pasar algo grande.
 
Algunos críticos de la época le achacaban que tenía el valor justo, algo que yo nunca he compartido, de haber sido cierto, como se explica que en todos sus lances tanto de capote como de muleta los hiciera con la pierna adelantada, a esto los aficionados lo llamamos “cargar la suerte”. El genial torero echaba la pierna hacia delante para traerlo toreado antes de que llegara a su altura, con el riesgo que esto conlleva, ya que si destemplas, es decir, corres la mano antes de tiempo, te quedas al descubierto y la cogida es casi segura.
 
¿Por qué hacía esto? Porque tenía el valor más que sobrado, si a esto le añadimos que tenía una técnica depuradísima y unos conocimientos del comportamiento de los toros según el encaste a que pertenecían y un gran conocimiento de las distancias el resultado es que estamos ante un fenómeno.
 
A veces, estas viendo un torero que está haciendo un faena de buen corte, arriesgado, haciendo el toreo con pureza, y no es capaz de arrancar un ¡olé!. Paco Camino hacía todo esto y como tenía una gracia pajolera que tienen algunas gentes del sur de Andalucía, con cualquier detalle tenía el ¡olé! al momento.
 
No se equivocaron los que le pusieron el sobrenombre de “El Niño Sabio de Camas”, desde el punto de vista taurino tenía una inteligencia que no he visto después a nadie. Aunque no inventó ninguna suerte, sí mejoró algunas dándoles mayor belleza, como es el caso de las “chicuelitas” que, echando el capote ligeramente hacia delante lo traía toreado, luego se ceñía tanto que parecía que el pitón del toro le hacía pespuntes en los bordes de la taleguilla.
 
Hacía otra cosa, que hasta entonces no se le había visto a nadie, consistente en que cuando el toro le cogía él mismo se hacía el quite, si caía en la cara del toro se ponía a rodar como si se tratara de un tronco de madera, con lo que ganaba dos o tres metros dándole tiempo a la cuadrilla a hacerle el quite.
 
Hay toros que tienen cuarenta muletazos, otros tienen menos y otros sencillamente ninguno. Estos últimos aprenden tan rápido que resulta imposible torearlos con la muleta. Paco Camino los conocía tan bien que los macheteaba por la cara y en un momento los tenia dispuestos para entrar a matar, lo que resolvía con gran facilidad puesto que se trataba de un estoqueador en cualquiera de las suertes: al volapiés, recibiendo y en ocasiones al encuentro, por todo lo dicho se trata de uno de los toreros más grandes de toda la historia.
 
Si todos los toreros tienen en su mente su faena cumbre, no es menos cierto que los aficionados también tenemos la nuestra, unas veces porque se trata de una fecha que te recuerda algo, o por lo que has disfrutado en esa faena o por otras razones. La mía es simplemente porque es la más grande que he visto, y he visto otras quizá más completas y de más belleza plástica, pero ninguna con tanta verdad, riesgo y emoción.
 
Corría el verano de 1.964 y estaba anunciado en la monumental de Barcelona un cartel con los diestros : Paco Camino, Santiago Martín “El Viti” y Víctor Manuel Martín con reses de la ganadería de Lamamie de Clairat.
 
La corrida estaba transcurriendo por cauces normales, he de decir que el ganado estaba bien presentado, con el trapío que corresponde a una plaza de primera. Hasta que salió el tercero sin ningún signo aparente que hiciera pensar que se tratara de un barrabás. Salió andando como no importándole nada de aquello hasta colocarse en el centro de la plaza. Los de la cuadrilla de Víctor Manuel eran los encargados de darle capa puesto que el toro correspondía a su maestro.
 
Como no se desplazaba en ningún sentido, tenían que provocar la embestida poniéndole el capote casi en la cara, éste hacía amagos de embestir pero no los consumaba, creando un gran desconcierto en la cuadrilla, por otra parte, cuando se decidía lo hacía con unos arreones capaces de quitarle las ganas de ser torero al más grande. Se trataba de un toro muy manso pero a la vez encastadísimo.
 
Todo esto creó un desconcierto que en vez de una corrida de toros parecía una capea en medio de aquel barullo, en uno de los arreones arrolló a Víctor Manuel infringiéndole una cornada en un gemelo, por lo que fue rápidamente trasladado a la enfermería. Y Ahí es cuando empieza lo grande, como al toro no le habían podido picar porque cuando estaba cerca del picador volvía grupas y se emplazaba de nuevo, no tuvieron más remedio que condenarlo a banderillas negras, pero como los esperaba, haber quien era el guapo que se las ponía, y porque en la salida hacía hilo con los banderilleros poniéndoles en grandes apuros. De este modo solo le pusieron cuatro y a duras penas.
 
Paco Camino, a quien pertenecía su muerte, hizo un gesto autoritario mandando a todos a que se taparan y después de pedir permiso al presidente empezó lo grande. A todo esto los espectadores teníamos la respiración entrecortada. Cogió la muleta con la mano derecha y se puso a un metro del toro, lo citó y como este seguía fiel a sus costumbres, no se movió, volvió a citarlo pero esta vez perdiendo pasos hacia detrás y simulando la huida y fue cuando el toro se le arrancó, el torero parándose y flexionando la rodilla se dio un muletazo por abajo que el toro fue con el hocico arrastra tres o cuatro metros. Esto mismo se lo repitió con las dos manos en cinco o seis ocasiones. Y cuando todos esperábamos que lo macheteara y lo matara sucedió todo lo contrario, invirtiendo los terrenos se puso en el centro de la plaza, cogió la muleta con la mano izquierda, lo citó de lejos y sin probaturas de ningún tipo le dio seis naturales enormes, largos, poderosos, mandones y ni que decir tiene que los ¡olés! eran atronadores, esto lo remató con un pase de pecho codilleando y sacándoselo por el hombro contrario, la plaza era un clamor. Esto lo repitió otra vez siendo un calco de lo anterior.
 
Volvió a hacer lo mismo con la mano derecha pero en el tercer muletazo de la segunda serie el toro hizo un extraño como queriendo rajarse. Lo vació por arriba y como un resorte se fue a por la espada. El toro se había quedado cuadrado, se perfiló y marcando los tiempos sacó un volapié enorme, la espada entró por el ojo de las agujas y la muerte fue rapidísima.
 
Provocó el delirio de la plaza, parecía un campo de almendras en flor, cuajada de pañuelos blancos, el presidente no tardó en darle las orejas por lo que dio tres vueltas al ruedo jaleado por la multitud de aplausos y piropos como torero, ole tus c......, viva la madre que te parió y un largo etc, que de no haber existido se hubiera tenido que inventar. Este torero toreaba como los demás soñaban torear.
 
Paco Camino nació en Camas (Sevilla) el 21 de septiembre de 1.941 y sin pisar el ruedo de Madrid se puso a la cabeza de los matadores de novillos. En 1.960 tomó la alternativa el 17 de abril en Valencia, se la cedió Jaime Ostos, el toro se llamaba “Mandarín” era de D. Antonio Urquijo, sus cogidas fueron pocas, recuerdo la de Alcañiz y la de Salamanca y algunas otras de menor importancia.
 
MIGUEL FERNÁNDEZ LAPAZ