APUNTES SOBRE LOS FESTEJOS TAURINOS DE HUÉSCAR EN EL SIGLO XVI
   

          

JESÚS DANIEL LAGUNA RECHE

LICENCIADO EN HISTORIA

 

 

Las diferentes diversiones taurinas celebradas en España han estado y están en su inmensa mayoría vinculadas a festividades religiosas de ámbito tanto nacional, caso del Corpus Christi o la Virgen de agosto la Asunción-, como local, en el que las fiestas patronales juegan desde muchos siglos atrás un papel esencial en la elaboración, conservación y difusión de la cultura del toro, pues difícilmente encontraremos un pueblo o ciudad donde no haya fiestas patronales, y en éstas las corridas de toros han sido y son algo más que importantes.

La forma de celebrar las corridas y demás juegos de toros ha sido en el pasado, como en la actualidad, muy similar a lo largo de toda la geografía española, lo cual no ha impedido la existencia de gran variedad de particularismos locales, merced a hechos históricos concretos, tradiciones e incluso la fisonomía urbana de ciertas poblaciones. Ejemplos de esto son la plaza de toros cuadrada de Las Virtudes, en Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real); la octogonal del Castañar, en Béjar (Salamanca); la de Segura de la Sierra, que es la plaza de armas de su castillo, de forma rectangular; y la Liétor (Albacete), cuadrada con gradas en tres lados y abierta a la calle al otro. Pero actualmente tan sólo los encierros y diversiones callejeras tienen cierto parecido con lo que se hacía hasta bien entrado el siglo XIX, cuando apareció el toreo moderno. Apenas existían las plazas de toros como tales construcciones o instalaciones fijas, ni había ninguna reglamentación exhaustiva para el desarrollo de las corridas, en las que ahora el torero se somete al juicio del público y de un jurado que ha de decidir qué premio le corresponde. No era entonces el toreo un arte, sino una diversión más parecida a las locuras que se hacen en Sudamérica que a las corridas de ahora, en las que la estética, la correcta ejecución de los diferentes pases, el uso de la espada y el capote, los toques de aviso y los revolcones en la arena son la clave para obtener el reconocimiento del público y de los supuestamente entendidos del palco. De este modo, los encierros no eran como hoy cosa exclusiva de algunos lugares, que han mantenido la tradición; en una época en que la gente se movía con bestias y carretas, el método más adecuado para meter los toros en el toril era guiarlos a pie, y la mejor manera de disfrutar de una corrida sin tener que subirse a los tejados ni visitar al cirujano o al ensalmador era colocarse detrás de unas barreras de madera. Desde luego la fama se la llevará Pamplona, pero por una pura razón de peso, nunca mejor dicho, nadie tiene la exclusiva de los encierros. 

Lo mismo ocurre con los toros “embolaos”. Son famosos los de algunos pueblos, como el soriano de Medinaceli, pero eran y son práctica muy extendida.

Aparte de las grandes y largas ferias taurinas, como la de San Isidro en Madrid y San Fermín en Pamplona, algunas fiestas se han ganado un hueco entre las más conocidas del país, gracias sobre todo a los noticiarios, por su peculiaridad, como el polémico “Toro de la Vega”, que en septiembre de cada año se corre en la localidad vallisoletana de Tordesillas en honor a su patrona, la Virgen de la Peña, y acaba muriendo alanceado por unos hombres a caballo. Hasta tiene su propio sitio en Internet.

En Huéscar, aunque no se ha realizado una historia taurina local, conservamos entre los papeles del Archivo Municipal bastantes datos, algunos más interesantes que otros, sobre los festejos toreros con que se divertían los huesquerinos de antaño. Desconozco cuál es el más antiguo, pero en todo caso ya en la primera mitad del siglo XVI, al menos desde 1537, hay menciones al tema, aunque yo no tengo dudas de que si no fue a finales del siglo XV, seguro que muy a inicios del siguiente, en cuanto se estableciesen los primeros pobladores cristianos, se empezaron a correr toros en la villa.

En los libros de cuentas de gastos e ingresos del concejo aparecen en muchas ocasiones libramientos por diferentes conceptos relacionados con las fiestas de toros. Veamos algunos de ellos. Los toros se compraban a veces a vecinos del pueblo; así se hizo en 1562, cuando para las fiestas de san Juan se adquirió un novillo al clérigo Pedro Barnes y un toro de pelo bermejo a los herederos de Alonso Sánchez Maza, regidor, notario y escribano del concejo fallecido el año anterior. Otras veces se traían de Segura de la Sierra, Santiago de la Espada, Cazorla, Orcera, Beas de Segura, Yeste y otros pueblos de aquella zona; el mantenimiento de los mismos hasta el día de la fiesta; salarios de los vaqueros que los conducían hasta su lugar de pasto y más tarde al pueblo para la lidia, y que de vez en cuando tenían que cazar a algún toro extraviado, como ocurrió en 1546 en la Cañada de los Cazadores; la construcción y reparación de las barreras y los toriles de madera, así como su montaje y desmontaje, pues hemos de recordar que en muchos lugares las plazas de toros son cosa bastante moderna y las corridas y juegos similares se desarrollaban en calles y demás vías públicas, como se hace actualmente en los encierros de Pamplona, San Sebastián de los Reyes, Cuéllar (Segovia) o en nuestra vecina Castril. Sabemos que por los años de 1550 el encargado de las barreras en Huéscar era Francisco de Quesada “el Tuerto”, que ejercía además como portero del Ayuntamiento y acequiero. También producía ingresos la venta de la carne y la piel de los toros muertos en la lidia; nótese en este aspecto que no siempre los toros eran de muerte, pues a veces tan sólo se usaban para jugar con ellos, después de lo cual eran llevados al campo para que se recuperasen. Esto no siempre ocurría, con el consiguiente perjuicio económico para el Consistorio, que tan sólo podía vender la piel, y a veces ni eso. Tales casos ocurrieron en 1556 y 1573. Cuando los toros eran de muerte, el que quisiera matarlos debía pagar al concejo por darse el capricho. Así lo hizo en 1592 Andrés López, que vino de Segura de la Sierra.

En Huéscar se organizaban habitualmente corridas para las fiestas del Corpus Christi, Nuestra Señora de agosto, San Juan, Santiago, Nuestra Señora de septiembre (la Virgen de los Dolores), Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de la Victoria.

La importancia de la festividad del Corpus Christi debe hacernos pensar que seguramente se celebró en Huéscar desde los primeros años de pertenencia definitiva de la villa a la Cristiandad, y aunque los datos más antiguos que hasta ahora se conocen de su hermandad, la del Santísimo, son de 1544, parece bastante claro que la existencia de la misma se remonta a bastantes años atrás. De hecho, consta en los papeles municipales la celebración de la fiesta con anterioridad a dicha fecha. No quiere esto decir que hubiese toros desde los años inmediatamente posteriores a 1488, cuando se conquistó la villa a los moros, aunque no sería ninguna tontería pensarlo teniendo en cuenta la importancia de la festividad. Tampoco hay que pensar que hubiese corridas todos los años, cosa que no sabemos pero que no es cuestión de mucha importancia.  

Las fiestas en honor a Nuestra Señora del Rosario, patrona de la Orden de Santo Domingo, se remontan en Huéscar a los primeros años después de su institución por el papa San Pío V para conmemorar el éxito de las tropas cristianas sobre los turcos en la batalla de Lepanto el 7 de octubre de 1571, y dejaron de celebrarse en 1936 por motivos de sobra conocidos. Era la Virgen del Rosario titular de una hermandad, documentada en 1579, con capilla en propiedad con su cripta correspondiente-, anexa al que fuera convento de frailes dominicos hasta 1835 y más tarde, desde 1858, Teatro Oscense. Los toros empleados en estos festejos eran costeados por la hermandad y a veces donados por particulares. Conocemos dos contratos para la adquisición de los toros en la segunda mitad del siglo XVII, uno de los cuales ya se dio a conocer en esta misma revista en el año 2004.

por la hermandad y a veces donados por particulares. Conocemos dos contratos para la adquisición de los toros en la segunda mitad del siglo XVII, uno de los cuales ya se dio a conocer en esta misma revista en el año 2004.

Las fiestas en honor a Nuestra Señora de la Victoria tienen un origen tan curioso como real. El concejo las estableció en 1570 para conmemorar cada año la victoria conseguida sobre los rebeldes moriscos del famoso capitán El Maleh en la mañana del día 21 de noviembre de 1569, cuando se disponían a asaltar el pueblo, en el contexto de la guerra iniciada en las Alpujarras el año anterior. Nuestra Señora de la Victoria fue nombrada co-patrona de Huéscar, y en unos terrenos cedidos al Ayuntamiento por los frailes del convento de Santo Domingo se levantó para rendirle culto una ermita que hoy, lo que queda de ella después de las obras realizadas en 1778 para servir de capilla al nuevo cementerio, es tristemente pura ruina. En ella se decía una misa solemne, en la que durante más de dos siglos estuvo presente el gabán azul bordado de oro y plata que el mencionado capitán moro perdió en la refriega. La primera vez que se celebró esta fiesta incluso se trajeron dos trompetas del marqués de los Vélez, maese Pedro y maese Antonio, para darle mayor solemnidad al acto. El toro que se lidió lo mató, y de paso lo pagó, Pedro Fernández de Yeste. Parece que a los curas no les hizo mucha gracia eso de las corridas para el día de la Victoria, y fue preciso conseguir del rey una provisión para que el vicario no procediese con censuras eclesiásticas contra los gobernantes municipales por haber ordenado correr toros en la fiesta.

También, a modo de anécdota, podemos apuntar que para acompañar a las corridas en las fiestas del día de la Victoria se solía encargar, desde el año 1577, la realización de una maqueta de madera de la villa de Galera, que después se hacía estallar con pólvora en recuerdo del terrible asalto de dicha población a manos de las tropas de don Juan de Austria, hermano bastardo del rey Felipe II y más tarde célebre vencedor en Lepanto y gobernador de los Países Bajos, donde le llegaría la muerte en 1578. Su sepulcro destaca sobre los demás en el Panteón de los Infantes del Monasterio de El Escorial.

Aparte de las corridas que de costumbre se organizaban con motivo de celebraciones religiosas, las había esporádicamente cuando se producía algún hecho destacable, como un natalicio o una boda, en la familia real o en la de los señores del lugar en cuestión, que, como es bien sabido, en nuestro pueblo fueron los duques de Alba durante nada menos que 298 años. Aquí, al menos hasta finales del siglo XVIII, aparecen reflejadas las cuentas de estos regocijos públicos, más apetecibles por la diversión de jugar con los cuernos de unos cuantos toros que por lo que ocurriese en la vida de reyes y señores, personajes que, aunque respetados al menos sobre el papel, la mayoría de las veces despertaban más indiferencia que otra cosa entre la gente. Baste con señalar que del rey Carlos II, cercano el año 1700, se decía en Madrid que Si el rey no muere, el reino muere.

Podemos citar algunos ejemplos sacados de los viejos libros de cuentas municipales. El día de Nuestra Señora de Agosto del año 1558 se lidiaron dos toros para celebrar la feliz llegada a España de la duquesa de Alba desde Italia. Cuando los duques visitaron la ciudad en 1563, parece que también hubo alguna corrida. En 1559 se lidió otro toro con motivo de “las paces de los reyes”, según se dice en la partida correspondiente. Esa paz es la que llegó con el tratado de Cateau-Cambrésis, firmado el 3 de abril del citado año en un castillo cercano a Cambrai entre España, Francia e Inglaterra, por el cual Francia devolvía a España los territorios del Piamonte y Saboya y renunciaba a sus aspiraciones sobre Italia. De todas formas seguro que los huesquerinos de entonces no corretearon con los toros pensando en las hazañas de su rey.