LA ALHAMBRA Y EL TOREO

           

(Sigue del número anterior)

 

 

-Venta de beneficios de las funciones taurinas. Los particulares.

 

            Cuando la plaza de toros de la Alhambra no era arrendada para una temporada completa, la Alcaidía vendía los beneficios de las corridas que se celebrasen en fechas próximas. Para eso quien quisiese aprovecharse debía presentar un escrito solicitando que se le vendiesen los beneficios de cuantas corridas estimase oportunas, incluso proponiendo las fechas adecuadas, si es que no estaban fijadas con anterioridad.

            Muchas veces los solicitantes eran particulares, que buscaban el lucro personal o ayudar a alguna causa.       

Como ejemplos de búsqueda del lucro personal podemos mencionar estos dos casos:

            -Venta al francés Juan Balp, director de la compañía ecuestre residente en Granada, de los beneficios de las funciones ofrecidas por dicha compañía a partir del 1 de junio de 1804. El contrato es del 29 de mayo de ese año.

            -Venta hacia noviembre de 1803 de los beneficios de varias corridas a don Nicolás Laín de Guzmán. Perdió dinero en dos corridas debido a que en una de ellas no llegaron los matadores y hubo que echar mano de una media espada de Granada, que no atrajo público, y a que el día de la otra corrida estuvo nublado y la gente había acudido a la feria que se hacía en los Basilios. Pidió y obtuvo licencia para volver a organizar otra corrida con el fin de reducir pérdidas.

            Respecto a la organización particular de funciones para fines varios, una muestra es la petición que hacia julio de 1740 realizaron dos hermanas solteras vecinas de la Alhambra y mayordomas de la hermandad de María Stma de la Hiniesta, en la que pedían licencia para correr un toro y emplear los beneficios en la confección de un vestido y un manto para la imagen de la Virgen, y ayudar a la celebración de su fiesta. Según decían esto era habitual desde hacía años. Quizá por eso se les concedió su deseo.

            Para atraer público era habitual que en el transcurso de la corrida se sorteasen entradas gratuitas con asiento para la siguiente función, algún dinero en metálico, o incluso toros, uno por agraciado. Siempre eran varios los espectadores premiados.

Un ejemplo curioso de estos sorteos lo tenemos en el realizado en la función del día 22 de febrero de 1803, celebrada tras concederse a un vecino de Granada la siguiente petición:

            “Señor Alcaide Gobernador: Juan Antonio Molina tiene 15 cerdos de varias edades, pesos y señales, y quiere celebrar en la plaza de toros de la Alhambra una corrida de novillos para sortearlos. Se ofrece a pagar 2500 reales. La corrida quiere celebrarla en carnaval y si no el día de san José. Él pagará los gastos de conducción del ganado, cabestraje, toril, plaza, administración; 2 reales la entrada, pudiendo los agraciados, sacados uno a uno, elegir su cerdo. Debe el gobernador autorizar que los cerdos anden libres por la jurisdicción de la Alhambra para que la gente los vea hasta el día del sorteo”.

            Concedida la licencia al día siguiente, se celebra la función el día antes indicado, pero surge un problema: los quince cerdos sorteados no habían tocado a nadie, y la sospecha de fraude se cernía sobre el organizador. Dijo al día siguiente el gobernador que, cumpliendo con lo estipulado, la autoridad de la plaza había solicitado que se hiciese el sorteo mientras se corría el tercer toro, pero el organizador se negó, porque todavía no le habían llevado el arca que contenía los resguardos de las papeletas vendidas, que lo habían sido en Plaza Nueva, la Puerta de las Granadas y Peña Partida, además de en la misma plaza. Según declaración de Ramón Castrillo, subteniente de la Compañía Provincial de Inválidos, la negativa de Molina le enfrentó con el alférez comandante de la guarnición de la plaza, y llegó a decir que él mandaba en la plaza y abriría las puertas y quitaría los centinelas si quisiese. El soldado Cristóbal Romero dijo que fue necesario empezar a correr otro toro para aliviar la desesperación del público.

            Se acusó al organizador de introducir en la plaza “por sí o por medio de algún confidente partida de suerte a su favor”, es decir, había mezclado las papeletas sobrantes con los resguardos de las vendidas, para extraer las sobrantes y no dar ningún cerdo. Éstas, extraídas por “un niño de corta edad puesto al intento”, correspondían a los números 962, 3365, 9730, 15211, 4377, 5799, 11252, 13948, 5796, 13042, 6086, 4798, 9556, 2892 y 3623.     

            Llevada el arca de los boletines ante el alcaide para su reconocimiento, se toma declaración al acusado, quien además de remitirse al contrato reconoce la tardanza del sorteo (que debía hacerse al finalizar el segundo toro), aunque niega que le pidiesen hacer el sorteo corriendo el tercer toro, e insiste en que las puertas de la plaza no se podían cerrar a pesar de finalizar el plazo de admisión de suertes a las tres y media de la tarde. Justifica la tardanza del sorteo por la espera de los boletines vendidos en Granada,  y admite que su comisionado don Antonio Zorrilla había introducido en el saco de la rifa las papeletas sin vender, pero porque no pensaba que podía darse la “casualidad” de que no saliese ninguna con premio. También reconoce que varios ciegos habían vendido papeletas por la calle, pero afirma haber recibido las cuentas de esas ventas en su casa de Plaza Nueva a las tres de la tarde y por medio de su mujer. Respecto al cobro de entradas a quienes veían la corrida desde las galerías porque no tenían silla, dice no saber nada debido a que no había recibido la cuenta de uno de los cobradores -que habían sido Francisco de Prados y “fulano” López-. A esta declaración le responden que miente, ya que habían surgido problemas con un criado del marqués de Villa Alegre y un francés que se negó a pagar si no le daban asiento y al que le habían quitado por ello su capa.

            Una vez reconocidos los boletines guardados en el arca, se hace un inventario de éstos:

            -Quince paquetes de cien boletines cada uno.

            -Ciento sesenta boletines sólo con el número de la entrada, desde el 9000 hasta el 14000.

            -Otras papeletas rotas y enmendadas.

            -Veinticuatro paquetes de cien boletines con numeración.

            -Veinte manos de ochenta boletines.

            -Dos licencias para matar cerdos, con fecha de 24 de febrero de 1803 firmadas por don José Álvarez de Toledo.

            Finalizan las diligencias tras esta inspección y se condena al acusado al pago de una multa de 200 ducados para el reparo de los paseos de las alamedas y las costas del proceso, y que fueron prontamente pagados el día 24 de febrero.

 

(continúa en el próximo número)

 

JESUS DANIEL LAGUNA RECHE

LICENCIADO EN HISTORIA