MI PRIMERA VEZ

 

 

           

             En la tercera oportunidad que la peña Tendido Cero me brinda para publicar un artículo en su magnifica revista, he decidido aparcar las analogías y paralelismos entre mi profesión, la Psicología, y el mundo de los toros y rendirle un pequeño homenaje a mi padre recientemente fallecido. Para ello intentaré narrar con la mayor verosimilitud la primera vez que mi padre me llevó a los toros del Corpus en Granada.

            Recuerdo que era una mañana calurosa de junio, un sábado a finales de los ochenta. A primera hora mi padre me levantó y me dijo que me aseara y vistiera mientras él iba a comprar para hacer la merienda. Yo estaba enormemente ilusionado, apenas pude dormir en la víspera, ya que antes ir a Granada no era tan frecuente como lo es ahora por no contar ni con los medios técnicos ni  las carreteras actuales.

            Tras desayunar mi padre llegó con nuestro vecino y amigo Juanjo, con su SEAT 131 Supermiraflori dispuesto para nuestro día en la capital.

            El viaje se hizo un poco largo, aunque yo estuve todo el viaje jugando con mis juguetes y con una “maquinita de Tetris” que me acompañaba a todas partes. Llegamos a Granada a la hora del aperitivo y tras aparcar el coche en el garaje Rex, en la calle Recogidas, nos encaminamos hacia el barrio de la plaza de Gracia. Allí cerca de los multicines tomamos el aperitivo en un bar llamado “Chicote”. Recuerdo que estuve jugando con los hijos del dueño, a la postre ambos toreros.

             Tras un largo ágape a base de “pescaito” y marisco, nos fuimos en un taxi hacia la zona de la Plaza de Toros, donde en una de las numerosas cafeterías que la rodean los mayores tomaron café y yo recuerdo pedirme un gran pastel de merengue.

            Pronto llegó la hora de la corrida, los alrededores de la plaza eran un hervidero de gente que iba de aquí para allá. Había numerosos puestos donde vendían gorras y sombreros y también frutos secos y recuerdos. Además había gran cantidad de personas dando publicidad, recuerdo abanicos de La General, viseras de Mudanzas Cariño, etc.

            Dentro de la plaza el ambiente era magnifico, la plaza estaba casi llena y antes de la corrida todos los tendidos terminaron por completo de llenarse. Nunca olvidaré los aromas propios de una plaza de toros antes de una corrida, el olor del  albero húmedo, el perfume de un incandescente habano y un sinfín de esencias más que en su conjunto crean el inconfundible aroma de una tarde de toros.

            No recuerdo bien la terna de toreros, aunque si quiero acordarme  que uno era Manzanares y otro Campuzano. También recuerdo que me pasé toda la corrida preguntándole a mi padre, ¿y ahora por qué tocan las cornetas?, ¿y por qué el torero hace eso?, ¿por qué la gente silva? y así todos los por qué que mi inquietud me proporcionaba.

            Tardes como esas son las que forjan a los aficionados del futuro. Tras ese día fueron multitud de tardes en las que jugaba a ser torero, a torear a todas las sillas de mi casa con una

vieja capa rosa de la peluquería de mi madre y una espada de un disfraz del carnaval.

            Cuando las tradiciones se heredan de padres a hijos cobran fuerza, se entienden, se comprenden y gusta perpetuarlas durante los años. Ir con mi padre a los toros era un placer inmenso, placer  que por desgracia ya no podré  repetir, pero en mi recuerdo se encuentran grabada en un lugar privilegiado, todas las tardes de toros que compartimos. A partir de ahora tendré que ir solo o al menos eso sentiré, aunque se que él estará a mi lado pero en el mejor tendido, en el que están las buenas personas  cuando van al cielo.

 

ANTONIO DAVID GALLARDO MARTÍNEZ