LA ALHAMBRA Y EL TOREO

 

JESÚS DANIEL LAGUNA RECHE

Licenciado en Historia

 

(Sigue del número anterior)

-Las hermandades y la tauromaquia con fines piadosos.
Además de particulares, también obtenían la venta de corridas de toros las hermandades religiosas, que en muchas ocasiones recurrían a la Fiesta Nacional para remedio de sus males o consecución de sus pretensiones, materiales o no, quizá porque sus ingresos no fuesen muy abultados; el caso es que las peticiones por parte de las hermandades para hacer toros eran muy comunes, y es muy posible que todos los años se hiciesen. Solían invertir el dinero en el culto a sus imágenes, limpieza, decencia y adorno de iglesias y capillas, y alguna que otra vez para hacer enseres varios. De entre las muchas noticias que hemos podido leer entresacamos las siguientes:
-En 21 de julio de 1749 solicita la hermandad de Jesús de la Humildad, residente en la parroquial de Santa María de la Alhambra, poder correr varios toros con cuerda en días diferentes, para emplear el dinero obtenido en el culto y decoro de sus imágenes y fiesta. Apoya su solicitud en que desde muchos años atrás se le daba dicha licencia para socorrer sus necesidades. Tras tomar juramento a dos vecinos de la fortaleza, que dicen haber visto corridas celebradas por dicha hermandad desde mucho tiempo atrás, se obedece la Carta Orden enviada desde Málaga el 19 de julio, por la que se concede la celebración por la solicitante de tres funciones de toros con cuerda en los días 25, 26 y 27 de julio de 1749.
-El 25 de abril de 1785 el alguacil de la Alhambra hace saber al juez conservador, don Pedro de Fonseca y Montilla, la intención de la hermandad de Ánimas de la parroquial de Santa Escolástica (convento de Santo Domingo, en el barrio del Realejo) de correr en la Alhambra un toro o novillo con cuerda en la Pascua de Espíritu Santo, para obtener dinero mediante el cobro de una limosna consistente en lo que cada espectador pudiese y quisiese dar por ver la función. El juez conservador deniega la petición y prohíbe la entrada del toro en toda la jurisdicción de la Alhambra con el argumento de ser motivo de alborotos y “ofensas a las majestades divina y humana”. No sabemos si al final se celebró la función.
-El 16 de agosto de 1803 vende la Gobernación de la Alhambra una corrida de toros o novillos a la hermandad de Ánimas de la iglesia de Santa Ana (Plaza Nueva) para el día 21. Posteriormente volverían a venderle nuevas funciones para los días 4 y 8 de septiembre (día de la Natividad), 25 de septiembre y para el mes de julio de 1804.

-Algunos aspectos de los espectáculos toreros.
En los días previos a la celebración de los festejos los toros eran conducidos por los vaqueros a unos terrenos que la jurisdicción de la Alhambra tenía junto a la fortaleza. Allí pacían y comían los animales hasta que eran llevados a la Plaza de los Aljibes para meterlos en el toril. Uno de esos terrenos era la dehesa de la “Casa de las Gallinas”, mencionada más arriba. También se preparaban los caballos, revisando sus herrajes y demás menesteres.
Antes de cada corrida solía hacerse una inspección de la plaza de toros, por si fuese necesario reparar algo -muchas veces las barreras y el toril-, y se regaba y preparaba el ruedo, alisando la arena y, en caso necesario, echando más.
El público entraba libremente a la plaza, y una vez ocupados los asientos, los cobradores visitaban a los asistentes para cobrarles la entrada. Quienes podían, como veremos después, aprovechaban los edificios contiguos y las murallas para ver los toros de balde, o incluso intentaban colarse por otras “entradas”. Para evitar tales picardías estaban los soldados de guardia, que paseaban por los adarves y caminos escondidos. También había una guarnición presenciando las funciones por si había altercados, que los hubo de vez en cuando, y un alguacil, que entraba en acción para practicar alguna detención.
En las funciones solía haber música (más de diez músicos y al menos dos clarines a comienzos del siglo XIX, en tiempo de la compañía de músicos de Melchor Gaona), y muchas veces se lanzaban cohetes y fuegos artificiales. También era normal intercalar en medio del espectáculo algún baile o representación variada.
Son muchas las noticias que conocemos acerca de lo que acabamos de decir: guardias, cobradores, músicos, vaqueros, etc., y otros datos relacionados con la iluminación y vigilancia nocturna de la plaza, la existencia de zanjas para los caballos; sin embargo resulta un tanto llamativo que junto a las menciones de toreros, banderilleros, picadores, espadas y demás artistas, casi nunca hallemos los nombres de quienes desempeñaban esos oficios. De hecho, sólo hemos encontrado una de esas anotaciones: en una corrida del año 1802 participaron las compañías de Bartolomé Gálvez, Juan Lirela, Francisco García y Miguel de Rojas, lidiadores, banderilleros y picadores de vara larga, vecinos de Granada.
Los gastos de las corridas eran cubiertos en función de las cláusulas de cada contrato, aunque solían ser los tomadores quienes se hiciesen cargo de pagar a los vaqueros, cobradores, músicos, guardianes, alguacil, coheteros, además, evidentemente, de toreros, titiriteros, bailarines y demás artistas contratados. El alimento de los animales era sufragado a cuenta del Real Patrimonio, al que pertenecían los terrenos de descanso del ganado de lidia. Los gastos anotados como “extraordinarios” no se explican, pero por su denominación debemos pensar en hechos puntuales, como la compra de sogas para embolar toros, banderillas, hachones para iluminar la plaza, intervenciones poco importantes del carpintero, etc.

-Las corridas no eran gratuitas.
Pillos ha habido siempre, y en la Alhambra los había que pretendían escaquearse y pasar de balde o pagar menos para ver los toros. Rescatamos sobre esto una curiosa referencia dieciochesca:
Un expediente del año 1787 nos dice que los domingos se corrían novillos con cuerda en la Plaza de los Aljibes, con la intención de recoger algún dinero para socorrer a las exhaustas arcas de la Alcaidía de la Alhambra. Para cobrar las entradas se colocaban unos guardias en las puertas del cuerpo de guardia y del Carril, pero algunos individuos, sobre todo niños y jovenzuelos, se colaban por las murallas inmediatas a la Puerta del Carril. El día 5 de agosto los soldados de guardia habían pillado en pleno intento a ocho energúmenos, que de inmediato fueron llevados a la cárcel para declarar.
A uno de los detenidos le incautaron ocho duros en duros, dieciséis reales en “pesetas” y quince cuartos de vellón -cobre-, además de un cuchillo catalán de mesa con puño de palo y punta, escondido entre el ceñidor.
A otro detenido le cogieron dieciséis cuartos y medio y una navaja “de las largas con punta y puño negro de cuerno con una virola de latón dorado” y cuatro cuartos.
Otro llevaba una porra y una navaja de hechura de hocino -corvo y acerado, para cortar leña-.
Uno era albañil y tenía trece años; otro era tejedor de cintas, otro cabrero, que dijo no recordar el apellido de su madre, otro herrero y otro tintorero, y todos dijeron que se habían colado por un agujero que un soldado extranjero “picado de viruelas” había practicado junto a la Puerta del Hierro. El soldado no hizo el agujero por capricho, sino para cobrar también su entrada al que se colase, pero más barata que en taquilla, obviamente, y parece que no le faltaban clientes
El dinero confiscado a los detenidos se repartió entre los soldados que hicieron la detención, Juan Lamber y Bartolomé Pedris, la hermandad de la Virgen que se veneraba en la puerta de la guardia, el carcelero, Juan de Molina (por asistir a la prisión), el alguacil (Agustín de Aguirre) y la reparación de las tapias y el agujero.

 

(continua en el próximo número)