YO VIVÍ LA LOCURA DE NIMES

ANTONIO ORTIZ MARTÍNEZ - VETERINARIO DE LA PLAZA DE TOROS DE GRANADA

 

Negar que admiro a José Tomás sería como afirmar que aspiro a tomar la alternativa en las Ventas. Él es un torero de verdad y después de lo de Nimes me abandono a la pasión de escribir cuesta abajo y sin frenos acerca de un personaje excepcional nacido  por suerte para el mundo de las artes en la disciplina taurina que me ha hecho vivir momentos inolvidables.

José Tomás está marcando la historia del toreo actual y yo tengo la gran suerte de ser testigo directo de vivirla. Me perdí a Belmonte. Me perdí a Manolete. Pero no a José Tomás, por eso acudo a todas las corridas en las que se anuncia, sea Granada, Murcia, Linares, Valencia, Barcelona, Badajoz, Málaga, Almería o la Conchichina. Este torero es de los pocos que me provoca sensaciones y me conmueve, o quizá sea el único que me pellizca hasta el tuétano.

Comprendo que mi amigo Miguel quiera divorciarse de su mujer porque  no le dio carta blanca para venir a Nimes. Su llanto y angustia después de saber lo que allí aconteció, y la literatura que se ha desperdigado tras el evento le han dejado sumido en una, espero que temporal depresión. Yo le aconsejo que toree despacio, que sueñe que el éxtasis está por llegar y que José Tomás nos proporcionará todavía más de un escalofrío. Que aprenda del maestro, de su capacidad de autocontrol, que erradique de su gestualidad cualquier movimiento o acto innecesario. Y esto fue lo que pasó exactamente durante la sublime sinfonía nimeña, y lo que diferencia a José Tomás de Morante-Manzanares o Juli-Castella, corridas mano a mano, a las que también asistí: La creación (por un artista genial en un determinado tiempo y espacio con una naturalidad pasmosa en la que no hay un gesto de más), de un ambiente momentáneo de la vida y su transformación en una calidad superior.

 

Catorce mil personas procedentes de distintos rincones del mundo en un espacio escénico de 20 siglos de antigüedad conformando un único grupo impulsado por el denominador común de una cultura singular, establecimos un comportamiento y una conducta óptima desde el mismo instante en que el emperador romano hizo su aparición en la arena de Nimes. Veintiocho mil manos aplaudiendo. Catorce mil personas en pie ovacionando durante intensos minutos con expresión física de la realidad o de la imaginación, tuvimos que influir sin lugar a dudas en la conducta emocional positiva de un ser humano dotado excepcionalmente de una personalidad torera única, de tal modo que brotó un nuevo concepto de interpretar la tauromaquia desde la ética.

Nosotros: Rafael Cáliz, Luis Botia, José Antonio, Tony, Manolo Villarrubia, Vicente Amigo y yo, fuimos siete privilegiados, siete ciegos afectivos  secretando lágrimas por puras cuestiones emocionales que alcanzamos el clímax durante la faena al toro indultado  de nombre “Ingrato” de la ganadería Parladé. Faena pura y honda construida perfectamente hasta provocar un estado sensorial de máxima calidad,  a partir de un corolario de belleza plástica  desde que el toro saltó al callejón hasta que fue acompañado por JT con  exquisita ternura  y se  despidió  de él en la puerta de chiqueros. Queda sin lugar a dudas esta faena para la historia de la tauromaquia. Ha sido la primera vez en mi vida que en una corrida de toros mi sistema nervioso transitaba por el limbo: Qué impacto emocional procedente de los ojos y de los oídos, qué momento tan feliz almacenado en la memoria de por vida, qué nivel de intensidad tan prolongada  y tan desbordante. Yo vi. Yo sentí, por eso hablo, para dar testimonio.

El ambiente mágico, la casta sacerdotal de José Tomás capaz de motivarnos a nosotros, y nosotros al torero, a subalternos , a caballos y a los mismísimos toros, el escenario, la historia, la luz espiritual ambiental, la excepcional acústica de los solos de trompeta, la gran puesta en escena, nuestra imaginación y visualización programaron el sentido positivo de todo lo que ocurrió en el ruedo hasta el extremo de que quizá hayamos presenciado hasta ahora la mejor corrida de toros de toda la historia de la Tauromaquia. Lo que sentí en el Coliseo de Nimes en la mañana del 16 de septiembre de 2012 es un sentir diferente de todas las demás corridas de toros que he presenciado en mi vida y puedo atestiguar que debido a mi profesión he visto varios centenares de ellas.

Llamamos Dios a una luz espiritual que nos anima a tomar un sentido edificante para nuestro bien y todo va a salir bien. Catorce mil personas decidimos en Nimes aceptar como “La Verdad”,  el toreo puro, íntimo, estético y genial de José Tomás. Esto hizo que nos sintiéramos a gusto con nosotros mismos y con el universo social que nos envolvía. Dios existió por dos horas vestido de torero, lo juro por mis cinco sentidos.

José Tomás es el ascenso de la Tauromaquia frente a la descomposición actual de la fiesta y sus figuras. Es un humanista innovador inspirado en el toreo clásico y en la consolidación de la importancia de la ética del hombre en el marco de la realidad taurina. Es un renacentista que simboliza una nueva forma de entender los toros con la tradición artística más pura y una actitud heroica frente al riesgo. En este ámbito su forma de crear una faena  rebasa por su magnitud a la de los otros provocando una renovación constante emocional en los aficionados que a veces llega hasta el delirio. Estamos pues ante uno de los más grandes de la historia o puede que el más grande.  José Tomás se ha labrado un mito desde el misterio de su vida personal y desde la firmeza  y  verdad de su toreo. Yo lo vi y era él, de carne y hueso pero que no parece mortal. Valió la pena la locura de Nimes pues aún escribiendo lo sucedido se me encoge el estómago.